La única.

La única.

miércoles, 15 de enero de 2014

Algunas cosas sencillas. I parte.



Faltaban pocos días para que concluyera el año. 
Por primera vez tras mi separación, había reunido las fuerzas suficientes para llamar a Tommy, mi ex marido. No suelo meditar mucho las cosas, sobre todo lo que me causa severa preocupación. Eso seria como alargar mi intranquilidad y yo confiaba ciegamente en la intuición. Necesitaba estar con él simple y llanamente. ¿El orgullo? No había orgullo. Esa mochila ya me la había quitado de encima al cumplir los cuarenta. Tan solo un poco de vergüenza y de temor a lo que pudiera pensar (quizá lo interpretaría como un intento por mi parte de volver a la relación), y a las calabazas. 
    Supe por una amiga común de su vuelta a Médicos sin Fronteras, tras dejar lo nuestro, cosa que me apenó bastante. Lo situaban en Namibia, en algún lugar cerca de la frontera con Zambia y Angola. Pero, Tránsito, mi compañera, tras un rastreo le había localizado, en estos días festivos, caminando por una céntrica calle de Barcelona.  
    Por fin, agarré el teléfono y marqué su número. Estaba muy nerviosa, me faltaba el aire.
    Y dije:
    -  ¿Tommy? 
    El sonido pareció salido de una cueva húmeda de las profundidades de mi cuerpo, como si no lo hubiera modulado con los labios ni las mandíbulas ni la lengua. No me noté mover nada. Ni siquiera la cabeza.   
    - ¿Sí? ¿Diga?  
    -  ...
    -  ¿Diga? ¿Quién es?
    -  Tommy, hola, soy yo.
    -  ¿Lu?
    -  Sí.
    -  Es...Es una maravillosa sorpresa. 
    -  Sí, también para mí...
    Su tono alegre me tranquilizó un poco.  
    - ¿Cómo estás? ¿cómo te va? Hace mucho tiempo...
    - Bueno, ya sabes, escribiendo, respirando, sobreviviendo... (Me río.) 
    -  ¿Sigues en las montañas?
    -  Sí. 
    -  Me dijeron que... Te acogiste al programa de...Bueno, a la ayuda asistida de una máquina. 
    -  Sí, Tommy, ya veo que te han informado muy bien.
    -  Tenemos todavía amigos en común. 
    -  Ya...Bueno, no se trata de una simple máquina ¿sabes? Es un Guía Vital.
    Hay una pausa, como una burbuja irrespirable, que él opta por explotar. 
    -  Lu, ¿por qué qué me has llamado?
    -  Hay una razón... Iré al grano. 
    -  Dime...
    - Quería pedirte, bueno solo si te apetece, claro, o si no tienes ningún plan, cosa que es improbable, porque siempre tienes una muchedumbre a tu alrededor... (suelto una carcajada sin venir a cuento, pero que me permite colocar en su sitio la siguiente palabra.) Puede que ya tengas un compromiso, entonces esto me resultaría un poco embarazoso, aunque por un momento pensé que quizá existiría la posibilidad de que...Bueno, al pasar tanto tiempo viajando, podría apetecerte...
   - Dijiste que irías al grano...
   Y me lancé como un ómnibus. 
   -   ¿Quieres cenar conmigo la última noche del año?

Podría ser las vistas desde mi ventana. 
Desde luego, no lo son.
Pero yo, a veces, lo veo así. 
Cosas del enamoramiento,
y de algunas cosas sencillas, 
pero indispensables. 
  


    Estaba segura de que una negativa era lo probable y hasta lo más conveniente para ambos. Yo habría escuchado cualquier respuesta con la misma valentía y dignidad que tuve al levantar el teléfono. Sin embargo aceptó cenar conmigo el último día del año. 
   La conversación durante la cena pareció agradarle. Daba la impresión de seguirme. Asentía, y en su bello rostro anguloso y atezado, y aparecieron ante mis ojos vestigios de antiguas expresiones que yo conocía muy bien. Una expresión de dignidad, preocupación y bondad iba y venía según transcendían los temas. Le iba mirando y de vez en cuando mi cabeza se distraía. No quería. Me esforzaba por estar atenta mientras relataba hechos y alguna anécdota de las misiones humanitarias...Pero sin querer volvía a caer en la admiración y, en consecuencia, en el enamoramiento; el atajo de las románticas y soñadoras como yo. 
    En el salón, mientras, el crepitar del fuego acompañaba la velada de una manera deliciosa y cálida. 
   

    
Pasaban las horas entre risas, bromas y algún tema serio, como el secuestro de un compañero en Mali que perturbó el buen ambiente, pero pronto saltábamos a otro tema y entonces parecía relajarse (al menos por el momento.) En ocasiones eché mano de algún chascarrillo. (Chascarrillo es una palabreja en desuso, pero que me encanta.)
    - Bromas aparte- interviene Tommy-, llevamos una vida estupenda. Es increíble levantarse por la mañana y estar donde quieres estar y hacer el trabajo que te gusta. No nos llegan las horas del día. En el campamento la vida es muy intensa.
    -  ¿Qué piensas hacer este año? ¿Volverás?-pregunto.
    -  No lo sé todavía. Mi contrato expiró ayer, pero ya tengo la renovación sobre la mesa.
    -  ¿Para cuánto tiempo?
    -  Dos años-contestó tranquilamente.
    A mi el mundo se me vino encima al tiempo que separaba del racimo un pequeño zarcillo de doce uvas. Las separé del raspón con gran atención y en silencio, principalmente porque estaba hecha polvo. Ni le miraba siquiera. Los granos ocupaban ahora toda mi preocupación, o eso le hacía creer. Si alguna vez albergué la posibilidad de volver con él, ahora esa esperanza estaba rota.
    A mi alrededor ya nada me interesaba. Seguramente todo iba a seguir igual; viviría un año más recluida en los fríos muros de la casa de las montañas, apartada de la vida como una escoria inmunda y con la única compañía de una máquina que el gobierno ofrecía a los enfermos como yo, maldecidos por un achaque psiquiátrico. (Seguía sin recuperarme de mis problemas de agorafobia severa tras el último Matrix.) 
     Durante el 2024 (a punto de reventar el cascarón) todo seguiría igual. Viviendo en un mundo endulcorado y fantástico con una cyborg chiflada (que las veces hacía de Brad Pitt, Aston Kutcher o cualquier otro famoso que a mi me atrajera, para alegrarme la vida.) Eso era todo lo que me esperaba para los próximos 325. ¡Una mierda! ¡Todo era un asqueroso mojón tan grande y apestoso como un campo de estiércol! 
     Cuando retiré el raspón del plato, y coloqué cuidadosamente mis uvas en un bol de cristal, levanté la vista y Tommy ya no estaba. Miré a ambos lados del salón. Ni rastro. Un escalofrío, como una descarga eléctrica, recorrió mi cuerpo desde la coronilla a la punta del pie. ¿Y si se trataba de una broma de Tránsito y esos estúpidos hologramas que acostumbraba a tejer? 
No, a tanto no se atrevería. Seguramente Tommy estará en el baño. Si. Eso era lo más probable.
    Y mientras tanto el reloj de la Puerta del Sol de Madrid despertó como el coloso que era y comenzó su latir de acero. 


A dos minutos para recibir el Nuevo Año, mi invitado, Tommy, había desaparecido. 

El día que llegué a Kenia para cubrir
un puesto de reportera (2009)
Yo tenía veinticuatro años.
Tommy y yo éramos amigos ahora, no matrimonio, como todo el mundo aún creía. La gente estaba acostumbrada a vernos salir por separado y nadie se enteró cuando lo dejamos. Nuestras familias no se explicaban como una relación del tipo de la 
nuestra (dos personas viajando de allá para acá con trabajos que no eran capaces de describir con exactitud), podía tirar para adelante. Durante los siete años que duró lo nuestro, no tuvimos hijos. No había tiempo para eso. 


Vivíamos en Kenia, en una casa solitaria, a una media hora de la capital, Nairobi y a orillas de un hermoso lago. El sitio era plano, claro, abierto y despejado.


      La casa tenía porches a cuatro fachadas. Desde allí dominábamos toda la sabana; el norte hasta el Parque Nacional Masai Mara, por el este, el mítico Valle de Los Leones, al oeste, las casas de los viejos colonos y por el sur, asomaba la Gran Colina, donde a veces, bien entrada la noche, podíamos observar con gran claridad la recortada figura de algún lobo etíope, y oír sus impresionantes aullidos lastimeros.
    Solíamos comer en la mesa del porche delantero, el que estaba orientado al sur. Recibía un gran chorro de luz dorada durante todo el día. Desde allí veíamos, a lo lejos, la polvareda que levantaban los todoterrenos de los turistas que atravesaban a toda velocidad los senderos de tierra, de camino al safari. Y a varios metros de nuestra propiedad, el lago, recortado circular como una moneda de plata hundida levemente en la tierra, en un cuadro profundo e insondable.



     En el interior de estas paredes abiertas a los cuatro puntos cardinales, transcurrieron los primeros y mejores años de nuestra vida en común. 
     Nos conocimos en la University of Nairobi. Habíamos llegado hasta allí por diferentes circunstancias; en mi caso, para matricularme en un máster de comunicación, aprovechando que iba a pasar un año contratada por la televisión de mi país, como corresponsal, y Tommy, que era miembro de una destacada organización médica y humanitaria internacional, impartiendo clases de cirugía. 
     Desde el primer día en que se cruzaron nuestras miradas en la cafetería de la facultad, los sueños de ambos quedaron enredados para siempre. (O eso creímos. A nadie se le puede culpar de no anticiparse a lo que puede venir más tarde.)
     Algunas semanas después comenzamos a buscar una casa donde dar rienda suelta a nuestra pasión, y una noche, entre elefantes y acacias, me pidió que fuera su esposa. Nos casamos por el rito Masai en un pequeño poblado (fui capaz de dejarme los pechos al descubierto durante la ceremonia y me encantó), y más tarde ratificamos y formalizamos nuestra unión en Barcelona.


Los días de temporal, durante la estación lluviosa, más que una casa, parecía aquello un barco; las puertas y ventanas golpeaban con furia las paredes, el viento silbaba por las rendijas y chimeneas, lamentándose de una manera fantástica, estremecedora, y las ráfagas de lluvia azotaban furiosamente los cristales. 



     
    Cuando esto ocurría, lo pasaba muy mal. Sobre todo, cuando estaba sola en la casa, y Kala, mi única amiga (una chica tanzana que vivía con nosotros, a la que Tommy había salvado la vida tras recogerla medio moribunda de una carretera después de que intentaran asesinarla por su condición de albina), iba a visitar a su familia, una vez por semana. Intentaba cerrar puertas y ventanas rápidamente una y otra vez pero la fuerza de la naturaleza remetía con intensidad y yo acababa muerta de miedo, acurrucada en algún rincón empapada en sudor, envuelta en una manta, esperando que amainara y que alguien llegara pronto para hacerme compañía. 
     Tommy, que era conocedor de todos mis miedos, dejaba cualquier asunto que le ocupara en ese momento, y volvía a toda prisa a casa. Aparecía en mitad de la tormenta, bajo los rayos y los truenos, con la camisa empapada, las mangas remangadas hasta el codo y los brazos, esos bellos brazos cincelados por el esfuerzo físico, al descubierto. Abría la puerta de un golpe de hombro y con gran preocupación, atravesaba el zaguán mientras gritaba mi nombre. Yo le observaba desde mi escondite; tenía el rostro anguloso chorreando lluvia, las mandíbulas apretadas y una expresión de extrema preocupación. Me buscaba con la vista, desde la entrada, entre los muebles. Y cuando atinaba conmigo, sonreía compasivamente.


    Entonces, como si fuera una niña, me recogía en brazos del suelo, en silencio. Tommy solamente sonreía, tranquilizándome enseguida, mientras me atravesaba el corazón con el azul profundo de su mirada. Y yo sentía una excitación salvaje que no podía explicar cuando notaba bajo mis palmas su cuello cálido, los hombros recios y su respiración cerca de mis labios febriles. Mi pecho subía y bajaba al compás de mi agitación. En esos momentos solía suplicarle que me hiciera el amor. Se lo repetía una y otra vez, susurrándole al oído de camino hacia la habitación, entre el terrible estruendo de la tempestad que arreciaba afuera. Y como siempre, hasta que no sentía el peso de su cuerpo sobre el mío, inerte y prisionera de su fortaleza,  no llegaba la calma; esa placidez maravillosa. 
  


Nos despertábamos a media mañana, con la exultante luz del día, muertos de risa y de hambre, jugando con los almohadones y las cortinas de la cama. Y el mundo entero parecía detenerse, tan lejos de todo, tan cerca de nada que nos preocupara, viviendo la vida poco común que habíamos escogido, intensamente, y que nos había sido concedida.     
    

    
    Los cuartos, agudos e incesantes del reloj de la Plaza del Sol, me arrancaron del aturdimiento y de las redes de los recuerdos, bruscamente. Habían dejado de plañir, y con gran complacencia, aparecieron las campanadas con la solemnidad de costumbre. 
    En ese momento, Tommy salió apresuradamente del cuarto de baño, balbuceando algo. Agarró el bol con las uvas y se colocó frente al muro que sostenía la pantalla del televisor para cumplir con lo requerido esa última noche del año. Yo le miré sorprendida y sonreí. La imaginación siempre me jugaba malas pasadas. ¿Ves, Lu? Ahí le tienes, a tu lado-pensé. Aún debo importarle un poquito...
     Y cuando el último campaneo anunció el inicio del Año Nuevo, Tommy se acercó, me rodeó entre sus brazos cincelados, y me regaló un beso en los labios, con sabor a uva.
     - Feliz Año Nuevo, Lu.
     - Feliz Año, Tommy. 


¡ Cómo me alegré de haber tenido el coraje de llamarle!



Durante toda la noche y hasta el amanecer no dejé de observarle mientras dormía. Tommy andaba envuelto en el mar de los sueños con los brazos apoyados por encima de la cabeza, caminando entre las olas con los ojos ciegos, sin poder ponerse en rumbo. Como cualquier mortal.
     Tuve la imperiosa necesidad de salir afuera; precisaba respirar aire fresco, pero sobre todo, pretendía invocar a la memoria. Me deslicé entre las sábanas suavemente para no despertarle. (Querría tenerle así toda la vida.) 


El cielo estaba despejado y lleno de estrellas; los charcos, helados; el suelo, endurecido por la escarcha. El viento frío soplaba con fuerza. 
      Con los pies desnudos caminé sobre el gélido césped de cristal mientras despegaba los brazos del cuerpo queriendo alcanzar el cielo. Comencé a dar vueltas sobre mí misma; un ave alegre que se agita en la tierra antes de alzar el vuelo para alcanzar la libertad, y al viento.  De nuevo, entre los recuerdos. En África, en África, en África...

Y sin querer, el barco de los sentimientos me dejó de nuevo en tu playa... 

A veces, cuando nos apetecía, dormíamos
al raso o en tiendas de campaña dentro de
nuestra propiedad. Era muy divertido.

Vista desde el porche orientado al este.
     
        University Of Nairobi.
     Kenia. África.
     Octubre 2008. (Hace 16 años)  
      
Campus de la Universidad. 
Me llamó la atención, los carteles
repartidos por las zonas de acceso
al Campus, con enunciados como:
"This is a corruption free Zone"
El Rector me preguntó por mi trabajo durante el desayuno y yo le hablé de mis proyectos en el país. A poco rato me dijo: 
   - Por aquí viene el Señor Tom Aghani; nuestro honorable profesor de Cirugía. También estudió y vivió en España.
      Miré en la dirección que apuntaba su mano derecha. Vi que se acercaba un chico (que imaginé de mi edad), muy bronceado, con la expresión audaz y alegre, y los ojos tan celestes y brillantes, que creí estar nadando sobre las aguas de una playa tropical. Su cabello estaba algo revuelto y era negro y ondulado. Vestía informal; una camisa blanca de algodón y unos jeans oscuros. Su brazo derecho soportaba la carga de media docena de libros. El Rector me presentó enseguida; me dio la mano tras dejar los tomos sobre la mesa y yo se la estreché. (Me hubiera gustado besarle en la cara. ¿A qué olía un hombre tan interesante?.)
   - Doctor, siéntese con nosotros, por favor- requirió el Rector-. Estoy seguro que podrá orientar a nuestra nueva alumna y periodista, la señorita Lu García, acerca de la vida en Kenia, mucho mejor que yo- sentenció y añadió 
solemne-, qué solo soy un viejo aburrido.
   Los dos reímos previamente a pronunciar las palabras que exigió, inevitablemente, el decoro y la buena educación, para negar enseguida tal afirmación. Después, Tom, tomó la palabra.
   -¿Es usted española? -me preguntó mientras se sentaba entre nosotros.
   - ¿Usted?, no,no...Por favor, ¿podemos tutearnos?
   - Claro-contestó con un tono natural y alegre.
   -  Gracias. Sí. Catalana. De Barcelona.
   - ¿De Cataluña? ¡Vaya! ¡Yo estudié en Barcelona!
   - ¿De verdad? 
   - ¡Sí! En la UAB.
   -  ¡Dios mío! ¡Cómo yo!
   En ese momento de la conversación, el Rector, decidió dejarnos solos. Me alegré mucho de eso. Nos pasamos casi una hora hablando.
   - ¿Donde te alojas?
   - En un hotel del centro. El Sentrim Boulevard. No es gran cosa, pero está limpio y cerca de todo. A cinco minutos andando de la televisión local.
   - ¿Te pasarás un año entero viviendo en un hotel?- me preguntó con sorna.
   - ¡No, claro que no!-contesté muy seria. (Me molestó que pensara que podía ser tan burguesa.) Estoy autorizada para alquilar una casa. Pero no sé por donde empezar a buscar. Todavía no conozco a nadie aquí que me pueda...
   - Ahora me conoces a mí- me interrumpe el joven profesor-; y tengo muchas ganas de ayudarte.
   - Sí, claro -le dije colorada-. ¡Qué suerte!. 
       
Realmente es una fantasía muy gastada el hablar de predicciones de adivinos, de magos o de pitonisas; pero como mi abuela solía decirme con cierta candidez, que encontraría a mi alma gemela en algún lugar exótico y lejano, le dejé paso libre al destino, por lo que pudiera ser. 
   Un segundo después de sonar el timbre que anunciaban el inicio de las clases y marcaba el final de nuestra conversación me dijo:
   - Eres preciosa. 
   Me quedé muerta. Sin saber qué hacer ni qué decir. Me limité a sonreír en silencio. (¿No se suele dar las gracias en estos casos? Pues a mí no me sale nunca. Y si me atrevo a contestar, es para decir: Qué va...) 
   -¿Te parece si seguimos esta conversación 
cenando?- me preguntó en un gesto encantador-. Hay que buscarte un hogar en condiciones.
   -¡Claro!-exclamé. (Medio segundo después ya me había arrepentido de haber aceptado tan rápido. Mi madre siempre me decía que los hombres me dejaban porque se lo daba todo demasiado pronto.)
   -¡Bien! ¡Gracias! ¿Sabes, Lu? ¡Me has alegrado el día! Iré a por ti esta tarde. A eso de las siete y media. 
   -¿En la entrada del hotel?
   -¡Sí!- contestó mientras corría en dirección al pasillo de aulas-. ¡Vale!- gritó mientras se alejaba, girándose hacia mi constantemente-. ¡Adiós!-exclamó antes de entrar en su clase. Y me lanzó un beso al aire que aún conservo impregnado en los labios y en los recuerdos agradables.
   Aunque alguien se apresuró a fastidiarme el momento romántico.

Retrato de T.R

   -  ¡Hey, blanca! 
   -¿Perdón?
   -¿Qué pretendes?
   -¿A qué te refieres? ¿Quién eres tú?
   - Me llaman T.R (Una africana larga y delgada como una vara de ébano, me tiende la palma de la mano con la voluntad de estrechar la mía.) 
   - (Acepto el saludo. Pero con desconfianza.) Soy Lu.
   -¿Puedo acompañarte a la mesa, Lu?
   - Claro... Aunque depende de ti si me quedo aquí sentada.
   - (Se ríe.) ¡Tranquila, guapa! ¡No me como a nadie!
   - Pues yo sí. ¿Has oído hablar de la "caníbal blanca"?
   -¿Qué? ¿Qué es eso?
   -¿Quién es esa, querrás decir? 
   - Bueno, sí...
   -¡Esa soy yo, con las personas que no me entran bien!
   -¿Una come-personas asesina? ¡Venga, ya! Tienes pinta de ser una blanquita intelectual.  
   - No, lo digo totalmente enserio. Vine aquí, para escapar de la Interpol- le dije.- He adoptado esta imagen de "no haber roto un plato" para engañar a gente como tú. Así que ni se te ocurra joderme. Si no, ...¡Ñam! ¿Lo pillas?- farfullé mientras alargaba el brazo y cerraba el puño cerca de su pecho. La joven africana se retiró bruscamente hacia atrás.-Y ahora que vamos entendiéndonos, dime, ¿qué te trae por esta mesa? 
   - El profesor es mío. Aléjate de él -contestó proyectando el pozo negro de sus ojos en las profundidades de mi sorpresa.    

                "Quiéreme cuando menos lo merezca, 
       porque será cuando más lo necesite."

Apartamento de Tommy, en Nairobi.
África.

Cenamos en su piso, y yo lo agradecí. Me gustó que pasara la tarde cocinando para mí. Fue un detalle. 
    Apareció puntual en la puerta del hotel donde me hospedaba. Le vi llegar desde la terraza del tercer piso en un coche blanco clásico descapotable. Bajé por las escaleras muy nerviosa, comprobando en el espejo de cada planta, que estaba presentable. Salí a la calle y allí estaba él, apoyado en la puerta del automóvil, con los brazos cruzados y la sonrisa desplegada. Era muy atractivo y se rodeaba de un halo de misterio que le confería aún más interés. El profesor despertaba en mí, curiosidad y profunda admiración, pero sobre todo, simpatía y cariño. (¿Simpatía y cariño o atracción física? Bueno, me resistía entonces a reflexionar sobre la cuestión.) Tenía la extraña sensación de conocerle de toda la vida.
     Cenamos de cara al atardecer, en una mesita redonda convenientemente vestida. Enseguida pensé que alguien le habría echado un capote, que un hombre no podía atender a tantos detalles. El apartamento estaba muy bien decorado y destacaba por su armónica combinación de telas y colores, y la acertada distribución de los muebles, además de su limpieza. Le pregunté si tenía asistenta. Asintió con la cabeza mientras servía los platos. Pero se apresuró a decir que la cena la había hecho él solo, sin la ayuda de nadie. Y luego 
añadió un juramento. Le hubiese creído de todos modos, mientras siguiera apuntándome con esa mirada celestial. Dios, esos ojos me postraban a sus pies. Y eso no era bueno, no, nada bueno... 
     No hice el menor comentario sobre T.R, la chica que aquella misma mañana en la universidad, me dijo que no me acercara a él, porque era suyo. Típico en mí. No quería estropear la conversación que manteníamos; divertida y fluida. Yo estaba acostumbrada a caerle bien a todo el mundo aunque esté feo decirlo. Mi madre decía que era porque me encontraban guapa, por mi manera de vestir y mi situación insólita (estudié dos carreras; una áspera como filología; y otra simpática, como periodismo), y también por mi voz suave y acariciadora y mi cortesía. También contaba que yo gustaba tanto a las chicas más groseras como a los profesores más caústicos. Y lo consideraba una gran virtud. A los chicos también, claro, pero eso a ellos, tremendamente conservadores, ya no les hacía tanta gracia. Nunca sabré si es verdad o no. Lo cierto era que, en mi primer día de clase, ya había ganado una enemiga. Y eso me preocupaba. 


No renuncié a bailar con él, en el salón, a media luz, ni le negué algunas caricias. Tommy me besó el cuello, justo por debajo del glóbulo de la oreja, en la mismísima comisura donde transitaba el cauce de mi perfume. Y le permití pasear sus manos lentamente por mi espalda y por mis senos, bajo el vestido, y le facilité el acceso a los muslos y a la nalga, moviéndome con suavidad.  

      A mitad de la madrugada sabíamos, que nuestro encuentro, no era casual. La pasión dio paso a las palabras y de las palabras nacieron algunos compromisos, como el de volver a vernos al día siguiente. No me sorprendió. Los dos vivíamos como si fuéramos a morir al instante siguiente; nuestro modo de ver las cosas, nuestro manera de enseñar y de aprender, nuestro modo de trabajar, de actuar, de amar. Siempre in extremis.
    Al día siguiente, yo tenía que comenzar a trabajar muy temprano. 
    Me vestí en el cuarto de baño, arreglándome con lo poco que encontré en mi bolso y me dispuse a salir del apartamento tras besar a Tom, y dejarle una escueta nota junto a la almohada. En ese instante, para mi sorpresa, oí como alguien intentaba acceder con llave desde fuera. Me causó gran conmoción por lo inesperado. Durante unos segundos no supe que hacer; si esconderme, tirarme por la ventana o enfrentarme al problema que estaba intentando abrir la puerta. Me cruzaron un montón de cosas por la mente; ¿y si estuviera casado? Había sido muy confiada, desde luego y no sabía prácticamente nada de él. A lo mejor, estaba exagerando, podría tratarse de su madre, un familiar o la asistenta doméstica.Y entonces, apareció de nuevo, frente a mí. Otra vez aquella africana desafiante: alta y firme como una torre de ébano; una figura del ajedrez estática e inmóvil, rígida ante la sorpresa y el peligro que acecha, apuntándome a la cara con sus ojos de carbón, preparada para el jaque... ¡T.R!



    Continuará.

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